16 mayo 2005

Las cosas perdidas

Juventud, divino tesoro,
¡ya te vas para no volver!
Cuando quiero llorar, no lloro...
y a veces lloro sin querer.
Hay veces en que los recuerdos de las cosas perdidas me asaltan y se arremolinan en un espiral que me arrastra hacia el abismo. La juventud, las ilusiones, las amistades, las oportunidades no aprovechadas -- el torbellino succiona todos los remordimientos, componiendo una masa tan densa que no me deja ver otra cosa. Como los recursos que todavía tengo, por ejemplo, o la pequeñez de mis quejas frente a las necesidades de la mayor parte de la gente de nuestro pequeño planeta.

Sé que es un error contraproducente para mis propios intereses y una autoindulgencia absurda dejarme caer en semejante bajón. Pero en esta oportunidad la provocación ha sido grande. Me robaron en la estación de Atocha (Madrid) una mochila con dos ordenadores con datos que representan meses de trabajo dificilmente reconstruible. Ha sido, desde mi punto de vista egoista, y más que egoista, compartida (porque uno de los oordenadores era de mi mujer, con un enorme trabajo de ella encima), una pérdida importante.

Me había estacionado con nuestras dos valijas y dos mochilas frente a un estanco en Cercanías, de donde tomaríamos el tren para Almería. Susana había ido para buscar alguna comida para llevar. Eran las 7,30 de la mañana, sábado, 30 de abril, el principio de un "puente" de 4 días feriados, y con mucho movimiento en la estación. Habíamos llegado a Barajas sobre las 3,30, sin dormir casi en el vuelo desde Nueva York, y yo posiblemente no estaba cien por cien espabilado cuando un hombre chocó con fuerza contra mi cuerpo, yt se estrelló contra el piso. Me parecía extraño, porque yo no estaba en el mdio del camino. Voy para ayudarlo, pero se incorpora rápidamente y gisticula que no necesita ayuda y va caminando rápido para perderse entre el gentío. Un hombre de unos 60 años, pensaba, pelo blanco, chaqueta marrón claro, "complexión fuerte" -- como diría más tarde a la policía. No pronunció palabra, así que no tengo idea si era, como me insinuó un guarda de la estación, cubano. La cosa es que, cuando di la vueta, vi que faltaba una de las mochilas -- la más importante, con nuestros ordenadores y otras cosas de menos importancia.

Pero hay que pensar en lo otro, los recursos que uno tiene aún. El amor -- herido por el golpe del robo (porque era yo el custodio del equipaje) pero todavía sólido; un bloc y bolígrafo y espacio para usarlos; esta connexión al Internet en la biblioteca pública de Carboneras, para compartir mi historia; múltiples círculos de amistades, aquí (en España) y en otras partes, que me ayuda a sobrellevarme a este pequeño revés. Y si no tengo la juventud de antaño, si tengo más que la fuerza física necesaria para hacer lo que tengo que hacer y una astucia crecida con los años (aunque a veces hasta los astutos nos quedamos un poco dormidos). Así que, a diferencia de nuestro querido Rubén Darío, no lloro ni quiero llorar.

Rubén Darío, Canción de otoño en primavera

Seguidores

Archivo del blog