06 marzo 2008

Lo que se pierde en la traducción

El mes pasado nos tocó leer en el Club de Lectura de Carboneras "Madame Bovary" -- uno de esos muchos libros famosos que he querido leer por muchos años. De hecho, creo que leí una versión abreviada, cuando estaba en escuela secundaria -- yo tendría 16 o 17 años -- y aprendiendo francés. Pero, ya sea porque era una versión abreviada, o porque yo sólo estaba empezando a leer francés, o porque tenía 17 años, no me dejó una gran impresión.

Ahora sí. Y tomé el trabajo de leerlo en francés, versión completa, porque a Flaubert hay que leerlo en su lengua. Bueno, a lo mejor se tendría que decir lo mismo de Tolstoy, Thomas Mann, Mahmoud Darwish -- de todos los autores del mundo que se cuidan del sonido y la estructura de sus pasajes. Y como uno no puede saber todos los idiomas del mundo (por lo menos, yo no puedo), no tenemos más remedio que leer una traducción o quedarnos totalmente ignorantes. Así que rectifico: si puedes, deberías leer a Flaubert en francés. La traducción (la versión española me parecía mala) te puede dar el argumento, la historia, pero nada del placer de las sensaciones que este autor sabe crear por el ritmo de sus oraciones, la combinación de imágenes, los sonidos de las palabras escogidas.

Me costó mucho trabajo, con la ayuda incesante de un gran diccionario (Le nouveau Petit Robert, 2008), y a lo mejor perdí algunos detalles deliciosos. Pero me dio tanto placer vivir las pasiones de Emma, oir los discursos absurdos del farmacéutico, de Rodolphe y el sacerdote (entre otros), y poder oler y palpar la campiña de Rouen, que espero hacer tiempo el año que viene para leerlo de nuevo. Para un brevísimo resumen del argumento y mis reacciones, pincha Madame Bovary por Gustave Flaubert.

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