14 diciembre 2006

Pinochet, Franco: dos transiciónes y sus problemas

Las escenas de las calles de Santiago en los últimos días recuerdan otras escenas muy parecidas en otra capital, Madrid, hace 31 años:

"Más de 60.000 personas desfilaron entre la mañana de anteayer y ayer al mediodía por la Escuela Militar para saludar por última vez a Pinochet. Soportaron colas de hasta siete horas, empujones, desorden, calor: Per aguantaron con un fervor similar al de obtención de un mundial." (La Nación, Buenos Aires, ayer) Y los gritos, recordando al militar que ven como el salvador de la patria del horror de horrores, el comunismo.

Estamos ahora en Buenos Aires, pero hace pocos días, en Carboneras, Almería, España, en nuestro club de lectura estabamos hablando de un libro que describe escenas casi idénticas, de cuando murió Francisco Franco, en la novela Los impares de Sagasta de Carlos Díaz Domínguez. De eso ya hablamos en un blog anterior. Y un miembro del club, originario de Madrid y de la misma edad del autor de la novela, nos confirmó que esas descripciones de llanto y frenesí tras la muerte del garantor de toda la estabilidad miserable de la España de esa época.

Piensen lo: Si Augusto Pinochet no hubiera bombardeado la Moneda, mandado a secuestrar y torturar sindicalistas, profesores, amas de casa y todos los otros que pensaban de manera diferente, y asesinado a peligrosos enemigos de su régimen como Orlando Letelier, en Washington DC, y Carlos Prats y su esposa en Argentina, pues, el país podría haber caído en el tolitarismo!

Todos sabemos que fue golpista, asesino, torturador y ladrón, pero aparte de eso un gran tipo y muy cariñoso abuelo. Un nieto lo quería tanto que, siendo capitán del ejército (hasta ayer), violó el protocolo militar con una tremebunda arenga contra el gobierno, en las exequías de su querido abuelo. Mientras otro nieto de militar, del antiguo jefe de Augusto Pinochet y luego su víctima, Carlos Prats, aguantó cinco horas entre el gentío momio para llegar hasta el feretro y escupir sobre el vidrio que protegía la cara maquillada del cadáver.

Bravo. (Digo yo, Baltasar. Gef, siendo como es y canoso, duda que ese gesto fuera de lo mejor.)

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