20 octubre 2010

Ficción, historia, ficción histórica

“No he hecho nunca novela histórica” declaró Mario Vargas Llosa a su entrevistador Iker Seisdedos en agosto.

Entonces, ¿qué son La fiesta del chivo, La guerra del fin del mundo, y su más reciente novela, El sueño del celta? En cada caso, el autor ha investigado y respeta escrupulósamente la historia documentada — el final de la vida y el régimen de Rafael Leonidas Trujillo en la República Dominicana, la rebelión de los paupérimos vaqueros y campesinos del nordeste de Brasil en los 1890, o la vida y carrera de Roger Casement en el Congo del rey Leopoldo II y otros lugares también en el s. 19. ¿Por qué no son “históricas” esas novelas? El autor se explica:
“No es lo mío ofrecer una versión más o menos animada de los hechos. La historia ha sido para mí siempre una materia prima, para fantasear, para intentar a partir de ahí contar una ficción.”
Acabamos de leer La guerra del fin del mundo (Madrid Spain: Punto de Lectura, 2008), un libro de casi mil páginas, magnífico, tan denso y tan rico (en personajes, en historias, en ideas) que queremos releerlo casi inmediátamente. Y es una novela que sigue tan rigurosamente la verdadera historia de los hechos que cuenta, que nos cuesta entender cómo podría no ser novela histórica.

Buscamos esta novela porque acabábamos de leer una traducción de Os sertões (“Los sertones”, o sea, las zonas más rústicas y alejadas de la civilización urbana) de Euclides da Cunha, la historia que inspiró la novela de Vargas Llosa. En Brasil, muchos consideran Os sertões, que se editó por primera vez en 1902, el libro más importante de toda su literatura. Es una historia espeluznante, de gente que luchan por sobrevivir en un paisaje extremadamente hostil, de su rebelión bajo una fe religiosa fantástica contra la nueva República de Brasil, y de las campañas militares durísimas y desastrosas para el mismo ejército hasta finalmente poder arrasar completamente el pueblo convertido en ciudad / campamento de guerra de Canudos y exterminar sus 300 mil o más habitantes.

Vargas Llosa no altera la historia contada por Da Cunha, sino agrega otros conocimientos sobre esos mismos hechos adquiridos por sus investigaciones y entrevistas en Brasil. Personajes monstruosamente fanaticizados o locos ya abundan en la historia real de esta guerra, y el novelista los usa tal como eran: militares que rehusan, por su desprecio a los pobres, a reconocer la fuerza de la resistencia o los obstáculos que pone el terreno, forajidos violentísimos convertidos en santos protectores de los sertanejos, aristócratas que se imaginan en otro planeta, todos están si no descritos en detalle, por lo menos sugeridos en el libro de Da Cunha.

El novelista agrega algunos personajes más, el más estrafalario siendo el anarquista de origen escocés que se hace llamar Galileo Gall, enemigo de todas la burguesías y las monarquías del mundo, ateo furibundo, convencido frenólogo, veterano de cárceles y prisiones en diversos países, que ahora se convence que la utopía se encuentra entre los fanáticos religiosos de Canudos. Y otro invento importante, un "periodista miope" que es el único en esta historia que llega a conoces ambos bandos, los militares de la republica y los rebeldes antirepublicanos de Canudos. Ellos — el anarquista y el periodista — nos permite mirar esta historia compleja desde distintos ángulos y quizás entenderla mejor.

Y la otra cosa muy importante que agrega el novelista es llevarnos por la imaginación a donde el historiador Da Cunha no podía o no se permitía entrar, en las mentes de muchos de esas personas monstruosas y de otras más inocentes. Al final, la novela nos ofrece una historia más rica que la historia, más sugeriente aún que el conmovedor historia que escribió Da Cunha. Entonces yo diría, discrepando con su autor, que sí, en una novela histórica y más que histórica. Y un aporte a la literatura que nos hace no solamente llorar muchas veces y reírnos otras veces, sino además pensar, sobre el fanatismo no solamente de los analfabetos sino también de los hombres más cultos que se engañan para no ver lo que no les conviene.

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