05 noviembre 2008

¡Sí se puede!


Muchas gracias a los amigos de Carboneras y otras partes del mundo que nos han mandado sus felicitaciones.

Sí, gracias, y creo que merecemos esas felicitaciones, finalmente. Después de la invasión a Iraq, de los horrores de Abu Ghraib y Guantánamo, del espionaje interno y el menosprecio de las leyes internacionales, de las garantías de Ginebra y del tribunal de La Haya y el tratado de Kyoto -- después de todo este desdén de las obligaciones al mundo y a nuestros propios ciudadanos -- nosotros los estadounidenses por una impresionante mayoría hemos dado un empujón para enderezar el país.

Susana y yo votamos ayer en la mañana, haciendo fila en el mismo salón de un edificio de apartamentos donde hemos votado siempre, cada dos y cuatro años según el puesto a llenar. Quizás porque llegamos temprano, las colas no eran de más de 30 minutos para votar en una u otra de las 5 o 6 máquinas, una por cada distrito electoral. Esas máquinas son viejas y un poco primitivas, pero bastante confiables comparadas con los sistemas de votar pulsando una pantalla. Sabíamos que aquí en Nueva York no había ningún peligro de que perdiera Obama, pero -- como nuestros vecinos también haciendo cola -- queríamos participar en este momento histórico. Y a la noche, observamos los resultados y pronósticos minuto por minuto en los varios canales de la televisión mientras cenabamos con amigos en SoHo (el barrio as sur de la calle Houston, de viejos edificios industriales ahora rehabilitados para "lofts" de vivienda y tiendas).

Así tomamos parte en una decisión histórica, para nuestro país y para todo el mundo afectado por nuestro país, que es decir todo el mundo. Histórica no solamente porque elegimos a un afroamericano, rompiendo una barrera de siglos, sino también porque el país ahora enfrenta las crisis más graves desde la Segunda Guerra Mundial.

Decíamos en la campaña electoral, "Sí podemos". Y pudimos. Pudimos elegir a la persona que parece mejor preparada -- por su inteligencia y cordura más que por su escasa experiencia -- para enfrentar estas múltiples crísis.

Anoche en el Metro, cuando volvíamos a nuestro apartamento en el barrio del noreste de Manhattan desde SoHo, unos jóvenes exuberantes, envueltos en los colores de la bandera, gritaban y cantaban, "Sí podemos" y después "Sí hicimos". Y una, sentada en el borde del asiento para extender su voz y sus brazos a todos en el vagón, gritaba, "Y lo más maravilloso, es que ahora podemos viajar a otros países sin mentir y decir que somos canadienses!" Sí, efectivamente, ya no tenemos que sentir vergüenza por ser de un país capáz de tanto atropello y estupidez, de un país sospechoso de ser racista hasta la médula. Como dice Barack, somos un país, los estados unidos, y podemos volver a ser orgullosos.

Ahora hay que continuar, para probar que "sí podemos" superar el colapso de crédito, producción y empleo, el calentamiento global y la contaminación del globo, los desastres de dos guerras (Irak y Afganistán) y de la seudo-guerra contra el "terror" en que nuestro gobierno ha abandonado y atropellado el respeto a los derechos humanos que fue el principio originario de nuestra república.

2 comentarios:

Alfredo dijo...

Sorprenderse por la llegada de un presidente negro, ¿no es una forma de racismo?

gef dijo...

Al contrario. Es el racismo histórico lo que hace el suceso tan sorprendente. Especialmente teniendo en cuenta que muchas personas (blancas) que votaron por Obama se confesaron prejuiciados contra los negros, pero ese sentimiento no pesaba tanto como sus ansiedades respecto a la economía y otros problemas, y la evidente capacidad personal de Obama.

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