09 julio 2008

Confesiones de un viejo escritor

Este pequeño libro, el último del periodista y filósofo Gérard Horst / Michel Bosquet / André Gorz, llega disfrazado de una carta a su compañera de toda la vida, poco antes de suicidarse junto con ella. Pero en realidad es una retahila de confesiones para salvar su alma, o por lo menos poder morir en paz consigo mismo. Dorine seguramente ya las sabía todas, incluso habrá sabido mucho de lo que cuenta mejor que el mismo Gorz. Y -- estando tan enferma en sus últimos meses -- probablemente no llegó a leerlo. Como no tenía fe en ningún sacerdote o rabino, André Gorz eligió para confesor a nosotros, los lectores anónimos que constituimos su iglesia imaginaria.

Gorz, André. Carta a D. Historia de un amor. (Original: Lettre à D. Histoire d'un amour. 2006, Éditions Galilée.) Trad. Jordi Terré. El arco de Ulises. Barcelona- Buenos Aires-México: Paidós, 2008.

La confesión que parece dolerle más es de haber ninguneado a Dorine en su primer libro y única novela, El traidor (Le traître, 1957) donde presenta a un personaje "Kay" inglesa (como Dorine), perdida y dependiente en un ambiente francófono, cuando la verdadera Dorine era una persona mucho más independiente y fuerte que se defendía cada vez mejor en francés. Pero también nos confiesa sus inseguridades respecto a su identidad profesional y nacional, y cómo Dorine lo sostuvo en los peores momentos.

Para el escritor, dice Gorz, lo importante no es el tema, sino el acto de escribir. Tendré que reflexionar sobre esa afirmación. Creo que también es importante el tema que el escritor elige. Aquí el tema principal, aparte de la confesión, es el largo sufrimiento de su mujer, por un malogrado tratamiento con lipiodol y luego cáncer, y el coraje que tuvo ella frente a esos males.

AG dice hacia el final, "Tenía la impresión de no haber vivido mi vida, de haberla siempre observado a distancia, de haber desarrollado una sola parte de mí mismo y de ser pobre como persona. Tú [Dorine] eras, y siempre habías sido, más rica que yo." Es la confesión más triste de todas.

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