08 septiembre 2007

Arlequín de palabras

El otro día en La Casa del Libro en Madrid, abrí por casualidad la selección de escritos de Benjamín Jarnés, Elogio de la impureza. Invenciones e intervenciones (Colección Obra Fundamental. Ed. Domingo Ródenas de Moya. Madrid: Fundación Santander Central Hispano, 2007) para quedarme encantado desde la primera frase de "El zoco" (de La Gaceta Literaria, 1929): "Si una mañana, calle arriba de Santa Isabel, sube el viajero desde la estación de Atocha a la plazuela de Antón Martín, tropezará con un zoco". Y era que esa mañana había hecho precisamente esa ruta, y Jarnés me hizo visualizar, oír y oler un zoco de antaño, cuya contraparte todavía se encuentra en muchas calles en España.

El libro incluye ficciones, notas y ensayos publicados o escritos entre 1925 ("Paula y Paulita") y 1937 ("Discurso a un combatiente", antes inédito) por el escritor de vanguardia más admirado en España ca. 1929, y después repudiado u olvidado por su falta de compromiso con uno u otro bando de la guerra civil; Jarnés creía en la república, pero rechazaba todo dogma, según la interesantísima introducción de Domingo Ródenas de Moya. Su tema es otro, las descripciones de lugares y de estados de ánimo de la pequeña burguesía. Esas descripciones son deliciosas y convincentes, entregadas con un gran sentido de humor envuelto en gran erudición con metáforas sorprendentes pero exactas.

Y ahora acabo de leer la "novela" que lo destacó como el prosista de vanguardia más interesante y brillante en la Madrid de 1929, El profesor inútil -- en realidad, tres relatos independientes cuyo narrador puede o no ser la misma persona, un profesor que imparte poco o nada a sus alumnos mientras se obsesiona con visiones eróticas que no se atreve a realizar. Los supuestos alumnos incluyen a un gran holgazán que arrastra a su profe a la borrachera y al lenocinio; una muchacha más enamorada de la novela rosa que de la geometría, y otra que pasa el tiempo de examen escribiendo lo que el narrador supone es una carta de amor -- pero como el profesor no se atribuye ninguna autoridad, nunca sabemos si su supuesto es acertado. Hay momentos comiquísimos y pasajes deliciosos y sugirientes. Por ejemplo, en el primer relato, cuando el profesor-narrador examina los objetos en el gabinete de un anticuario anciano y antiguo profesor suyo:
Una araña se mece en su red de hilillos grises, colgada por un extremo del cuernecito de un fauno y por el otro de la tibia de marfil de un crucifijo. La arañita enlaza así lo más distante, lo que no pudo enlazar todo el Renacimiento. …

Y unas páginas más tarde, cuando espera en el gabinete muy ordenadito de su alumno holgazán:
Pero hay a mi alcance unas docenas de volúmenes, camaradas uniformados: el encuadernador -- como el cuartel -- viste con igual traje al sabio y al cretino. Cada día, mientras espero vanamente a Valentín, liberto uno de estos libros de su disciplinada fila. Ayer fue un poeta, hoy será un filósofo, mañana tal vez otro poeta. Renuncio ya al novelista y al dramaturgo. Se ve que uno y otro pocas veces se lanzan a perseguir lo desconocido, aunque presuman de haber montado un taller de aventuras. Sólo el filósofo y el poeta son puros aventureros. Aquéllos crean un conflicto por el goce de resolverlo, éstos por el placer de contemplarlo. … Desde su alta azotea ven el mundo dramático como un paisaje surcado por nervios invisibles al cazador de sucesos, una viva selva sutilmente enmarañada, donde se fragua la más rica aventura: la del aventurero que sale a caza de si mismo.
Puse arriba "Arlequín de palabras" porque pensaba que mi primera idea, "Cubista de prosa", sería aún menos comprensible. Lo que quiero sugerir es un parecido entre el gran Arlequín de la pintura, Picasso, y Jarnés, compañeros de época y de su vanguardia artística. Me refiero a su manera de ver una misma realidad de diversos ángulos simultáneamente, para recomponer sus aristas, facetas y reflejos en un conjunto que nos hace reír por lo insólito y dudar de nuestra manera convencional de mirar.

Para una nota biográfica, vea Benjamín Jarnés por Pedro Ignacio López García

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