08 diciembre 2005

Federico vive

(Picar foto para ampliar.)
A Federico García Lorca lo mataron en Granada el 19 de agosto de 1936, al mero principio de la sublevación falangista contra la II República, y en España quedó muerto, bien muerto, por muchos años, hasta la muerte de Franco y del franquismo. Como la segunda muerte (la de Franco) cancelaba la primera. En nuestra excursión ayer de los clubes de lectura juvenil y de adultos de la biblioteca de Carboneras, obra de la infatigable y recursiva bibliotecaria María José Rufete Aznar, pudimos comprobar que Federico ha revivido. María José organizó una visita memorable a la casa natal en Fuentevaqueros y a la casa de veraneo en la huerta familiar de San Vicente, entonces en el campo pero ahora parte de la ciudad de Granada.

En el pueblito Fuentevaqueros, Federico García Rodríguez y Vicenta Lorca Romero, los padres de Federico, eran gente principal (él, agricultor con muchas tierras; ella, antes de casarse había sido maestra de escuela y tenía título universitario, como muy pocas mujeres de la época), pero su casita con granero arriba (ahora sala de exposiciones) hoy luce muy pequeña y modesta. Eso sí: tenía tecnología de punta en la cocina (un aparato de hierro muy superior a las antiguas hornallas) y un piano, que Federico aprendió tocar muy bien y que todavía (o nuevamente) está en su sitio en una salita.

Adela – una compañera del club de lectura -- nos contó que cuando ella estudiaba, en los colegios nunca nombraban a García Lorca, y no se veían ediciones de sus obras en ninguna parte. Cuando la gente de afuera preguntaba por Lorca, ella y sus compañeros de estudios no tenían ni idea de quién o qué era. Mientras, fuera de España, Federico era cada vez más vital. En Buenos Aires y otras partes de América Latina se seguían editando sus libros, y era raro el chico que no supiera recitar “Verde, que te quiero verde” u otros versos con tanta emoción como recitaba a Rubén Darío o César Vallejo o Pablo Neruda o cualquiera de los otros grandes poetas modernos de la compartida cultura hispana.

Y aún en España, según Marta, la dulce y bien informada cuidadora de la casa-museo de la huerta de la familia García Lorca en Granada, durante el franquismo la gente recitaba los versos del Romancero gitano de memoria, como cosa folklórica – tal vez sin saber quién los había escrito. Y ahora los españoles y muy especialmente los andaluces celebran a Federico como una gloria nacional.

¿Por qué tenían que matarlo, si él no militaba en ningún partido, ni esgrimía más arma que la pluma, ni lideraba ningún movimiento de masas? ¿Y por qué era ha sido tan importante para la España democrática recuperarlo?

Los detalles de esos días de agosto de 1936, quiénes y cómo lo detuvieron y después lo fusilaron, todavía no están claros. Era un muchacho rico, célebre, amigo de izquierdas, y homosexual, todos factores irritantes a los militares amotinados. Pero nadie duda del verdadero motivo: toda la existencia de Federico era un repudio de los valores del Falange y sus aliados. Sus obras de teatro y sus poemas y canciones y funciones de títeres no toman partido de izquierda de manera directa y explícita (como hicieron en su momento Neruda, Vallejo, Nicolás Guillén y otros), y quizás por esta razón eran aún más peligrosos para la derecha. Hay obras de gran violencia y sangre, pero nada que insta a la rebelión de los oprimidos. Y una enorme parte de su obra es de un frivolidad exuberante, de los amores de lagartos, por ejemplo, o el drama cotidiano de las plantas en “Estampas del jardín”. Hay tristeza y soledad, pero también mucha alegría y la excitación de los sentidos por los colores y los olores. Es la celebración de la vida, frente a la famosa consigna de un dirigentes falangista, “¡Viva la muerte!”

En el camino desde Carboneras a Fuentevaqueros, en el autobús facilitado por el Ayuntamiento, los chicos y algunos de los adultos nos turnamos en el micrófono para recitar lo que sabíamos, o en algunos casos lo que leíamos, de los versos de FGL. A lo mejor no recitábamos bien, pero sí con mucha atención, todos abiertos a recibir las saetas disparadas por el poeta hacía 70 años o más. Y horas más tarde, en el largo trayecto nocturno de vuelta de Granada, las canciones y chillidos incansables (si algo cansador) de los jóvenes era una manera alegre de gritar , “¡Viva la vida!”


(En foto: Algunos compañeros del Club de Lectura de la Biblioteca de Carboneras, delante de la casa de veraneo de la familia de Federico García Lorca en la Huerta San Vicente, Granada. María José, en abrigo blanco y en conversación con su hija Sarita, está en el centro.)

No hay comentarios:

Seguidores

Archivo del blog