29 enero 2013

Insensibilidad ante un horror

La ofensa La ofensa by Ricardo Menéndez Salmón
My rating: 4 of 5 stars

El joven Kurt Crüwell, un hombre dulce y de excepcional habilidad manual, ambiciona nada más grande que heredar la sastrería de su papá en la pequeña y tranquila ciudad alemana de Bielefeld y casarse con su humilde y cariñosa novia, la mecanógrafa Rachel Pinkus. Pero el 1º de septiembre de 1939, "día en que Kurt celebrabra su vigésimo cuarto cumpleaños, un compatriota suyo apellidado Hitler ordenaba a su ejército adentrarse en el corredor de Danzig", y estalla la Segunda Guerra Mundial. Y Kurt está reclutado por el Wehrmacht sin entender bien por qué ni para qué, y enviado a Francia como edecán y chofer de moto del Hauptsturmführer Löwitz. Allí se entera que su novia, que es judía, ha desaparecido (adónde, ni se atreve a imaginar), y también pierde contacto con sus padres. Pero lo más terrible es lo que presencia al lado del Hauptstürmfuhrer, que en represalia por un acto de la resistencia francesa, hace quemar una iglesia con todo el pueblo adentro. En ese momento, Kurt se desmaya y pierde toda sensibilidad.

Exactamente cuáles son sus síntomas no está claro. Un médico y una enfermera franceses lo cuidan, junto con otros soldados lisiados alemanes, en un pequeño hospital en Bretaña, hasta que ocurra otra atrocidad, esta vez por la Resistencia francesa que vuela el hospital y mata a los pacientes alemanes. Pero Kurt se escapa y, con la enfermera, se hace una vida nueva en Inglaterra, haciendo creer que es francés.

El final del libro — un encuentro posguerra con unos nazis en Londres, incluyendo al ex-Hauptsturmführer Löwitz — deja muchas dudas. Algo muy grande ocurre en la vida de Kurt, pero ¿qué? El autor nos deja con la ambigüedad. Pero para mí, esa no-resolución no representaba un gran problema, porque el mérito del libro es hacernos reparar cómo gente tan normal y tan buena como el sastre puede ser llevada a participar, si sólo como testigos, de los más grandes horrores. Tan grandes que a uno le hacen perder toda sensación, de amor u odio o simple placer, porque la vida misma se hace insoportable.

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